Silvia Lirusso, Verónica Gazzera y Valeria Esnal realizaron una expedición para escalar el volcán Lanín. Las tres mujeres de Piamonte fueron las primeras en enfrentarse a un desafío de estas características. “Nos acompañó mucha gente con energía positiva, que te desean el bien, eso es importante para lograrlo”, valoraron.

El Lanín es un volcán ubicado en la Cordillera de los Andes, en el límite entre Argentina y Chile. De este lado, precisamente a 65 kilómetros de la ciudad de Junín de los Andes, en Neuquén y dentro del Parque Nacional que lleva el nombre de la montaña.
El volcán es un ícono del montañismo en la Patagonia norte y, con sus 3776 metros de altura, es un ascenso que está catalogado en grado 3 en nivel de dificultad; es decir, es una actividad exigente. Llegar a la cima lleva de dos a tres días y requiere de, al menos, seis meses de entrenamiento en resistencia aeróbica, fortalecimiento muscular y traslado con carga (ya que se llevan entre 12 y 15 kilogramos).
Si bien el Parque Nacional Lanín fue declarado en 1997, el ascenso al volcán se realizaba desde mucho antes. El primero fue en 1897 por Rodolfo Hautal. Mientras que, recién en 1939, Nelly Frey de Neumayer fue la primera mujer en llegar a la cima. Hoy, alrededor de 3000 personas por año se aventuran en este desafío.
El 14 y 15 de febrero de 2026, tres mujeres de Piamonte fueron las primeras personas de la localidad en enfrentarse a esta expedición. Hace dos años empezaron a hablar sobre el tema y, a principios de 2025, no habían determinado la fecha, pero tenían la convicción de que lo harían.
Silvia Lirusso es profesora de Educación Física jubilada, Verónica Gazzera es farmacéutica y Valeria Esnal empleada administrativa. Las tres ya había realizado excursiones de trekking (Cerro Champaquí, cerro Uritorco, volcán Copahue, y otras actividades en Chaltén) pero nunca un ascenso de esta magnitud.
─ Después de tanta preparación, chequeos y entrenamiento, ¿qué pensaron cuando estaban ahí, al pie del Lanin?
─ Arrancamos muy tipo servicio militar. Vos ahí tenés que llevarte la comida tuya personal y la del grupo. Y como subís tu comida y la del grupo, también bajás la basura. Son como tres kilos más que te agregan de peso. Y salimos así como a una velocidad y ¡dale! sin parar a tomar agua. Demasiado estricto.
En esta primera etapa, a Verónica no le gustó comenzar la experiencia de esa manera y, dice, se puso “de mal humor”. No solo por esta situación, sino porque las condiciones climáticas no eran las esperadas: estaba nublado y había neblina, lo que dificultaba la vista. La expedición partió desde una base ubicada a 1200 metros, hasta unos domos ubicados a más de 2200.

─¿Y cómo siguió hasta llegar a los domos?
─ Fue todo otra cosa, porque nos sentamos a tomar mate, nos fuimos conociendo con el resto del grupo. Comimos focaccia. Comimos muy bien porque hay un muchacho de ahí que está todo el tiempo y cocina para todos. Y cocina muy bien. Ahí empezamos a integrarnos, a conocernos. Sí, ahí lo empecé a disfrutar realmente. Después nos mandaron a dormir a las ocho en los domos.
─¿Cómo es pasar la noche ahí en los domos?
─Los domos no tienen electricidad. Por eso, todo eso es muy lindo. Nos mandaron a dormir en la bolsa de dormir. El domo hay un piso de madera y un entrepiso. Es como si fuera una mesita. Unos duermen arriba y los otros abajo. Simplemente para pasar la noche. En un ratito, ni siquiera una noche. Porque a las ocho te vas a dormir y una y media, te llaman. Allá anochece nueve, nueve y media. O sea, que te vas a dormir todavía con el sol. Y tipo tres más o menos salimos. Ahí te explican que son seis horas de ascenso, haciéndolo rápido. Parando cinco minutos, entre tramo y tramo.
En ese momento, cuentan, les explicaron cuestiones técnicas del ascenso: se frena poco, no se toma mucha agua y hay que seguir estrictamente el paso del guía. “Paso en falso, precipicio”, esas fueron las palabras que les dijeron. Además, el primer tramo es el más rocoso, llamado acarreo. “Tenés que tener mucho cuidado”, dijeron, y remarcaron: “De noche salís con linterna hasta que amanece. Y si no ves dónde pisás, no la contás”.

─¿Qué elementos les pidieron tener para poder hacerlo?
─Te dan una lista de más o menos 25 elementos. Bastón de trekking, tipo de calzado. La vestimenta del primer día, la del segundo día. Porque el primer día es un pantalón común, no puede ser calza. Eso sí lo teníamos en claro. Tienen que ser los pantalones de trekking. Y después el segundo día sí, ya necesitás el pantalón y la campera de nieve. Te ponen un casco. La linterna, que esa sí la llevamos nosotros; las baterías se descargan, entonces te dicen que lo pongas cerca del cuerpo; dormir con la linterna y el celular cerca del cuerpo, por el frío. Después, cuando empezás a subir, te hacen llevar pilas de más. No se podía llevar las que son USB porque el frío las descarga. Entonces tiene que estar cerca del calor corporal para que no las descargue. Y un detalle: cuando se te apaga la linterna ya no podés seguir subiendo, porque no podés ver la luz del otro. Salís de noche y tenés que ser autosuficiente. Te exigen los lentes, que tienen que ser envolventes. Protector solar porque te quema mucho la nieve.
Valeria cuenta que en este tramo se le dificultó tomar agua: “A mí se me congeló”. Llevaba una bolsa de hidratación, con manguera hacia la boca. En la primera parada, alrededor de las 4 de la mañana, notó que la bolsa ya tenía hielo: “Tomé dos tragos y estaba helada, hice un pedacito más y ya estaba congelada”. A partir de esa hora, Valeria se quedó sin agua. La temperatura era de -10°.

─¿Cómo es el camino en cuanto al territorio?
─Vas muy concentrada, realmente, en seguir el camino. Porque vos tenés que seguir estrictamente los pasos del guía. Incluso vamos haciendo zig zag porque en la subida es toda nieve. Y lo que te exigen es caminar hasta donde camina el guía y seguir. No acortar camino. Como siempre, de cada experiencia aprendés algo técnico nuevo. El tema es que, si yo le empiezo a errar un paso, vos le errás otro. Cuando te descuidas ahí estás a la mitad de la montaña, que es donde está también las pendientes y todo. Y cada vez se hace más corto, más te cuesta la subida.
Silvia destaca a “la caneleta” como uno de los tramos más significativos. “Parece una caneleta que está llena de nieve, que si te caés ahí no sé dónde parás”, remarcó. Seguir la huella es una manera de asegurarse el paso y no pisar en otros sectores que pueden desmoronarse o confundir al que viene atrás. “A veces el guía se ponía un poco al costado y esperaba a que uno pase, porque si te llegabas a caer, él te frenaba”, explicó.

─¿Y además de seguir sus pasos, los guías los ayudaban?
─Ellos te dan los cascos, crampones y el piquete que tenés que llevar en la mochila, porque cualquier cosa que te pase te vas enganchando. Es obligación llevarlo, pero nadie tuvo que usarlo. Ellos ya saben el camino, pero ese día observaban, se tomaban unos segundos y por ahí decidían una huella distinta a la marcada. Son técnicos, son serios. Lo que pasa es que tienen mucha responsabilidad y si uno no hace caso corre resigo tu vida, porque es un precipicio realmente.
A los 2800 metros de altura, Valeria notó que no se sentía bien: “Empecé a sentir mucho dolor de cabeza, y más subía, más me dolía, después seguí con náuseas y cuando voy a llegar a los 3200 el guía me hace una pregunta y ahí me doy cuenta que pensaba una cosa pero decía otra. Ahí dije, ‘hasta acá llego’”. Verónica cuenta que notó que Valeria no se sentía bien y valoró la responsabilidad de saber cuándo frenar, a pesar del deseo de llegar a la cima.
─¿Tenían algún horario estimado o permitido para hacer cumbre?
─El horario de llegar a las cima es a las 11. Nosotras habremos llegado entre las 10:30 y las 11 de la mañana.
─¿Qué sensaciones, ante esa vista, tuvieron mientras seguían el recorrido?
─Es tanta la emoción, porque realmente, vos salís de noche, después sale el sol. En un momento te das vuelta, está la luna y pareces que la tenés en la nuca. El reflejo del volcán cuando amanece, que vos lo ves en el cielo. Las nubes que las ves abajo. Es impresionante. Es imposible no llorar.
Llegando a la cima, Verónica recuerda vagamente que uno de los guías iba recitando estadísticas. Cree estar segura que un 2% de las personas que se emprenden en esta aventura son las que logran plantar bandera en la cumbre. Mientras que el 0.1% son los que llegan con la edad de Silvia, por ejemplo.
─¿Y cómo fue ver que llegaban?
─Parece que llegás a la cima y no, hay una pre-cima. Porque después viene una depresión, que es el cráter volcánico. Al llegar, la vista es impresionante: el volcán Tronador en Bariloche, el Pucón, la localidad de Villarica (Chile) y la aduana. Del lado chileno se veía todo nevado y de este lado, en Argentina, se veía todo verdoso. Son imágenes que te quedan grabadas. Jugamos un rato, nos tiramos nieve. Lloramos. Festejamos, por supuesto.
“No podía expresar nada, porque era una emoción muy grande”, recuerda Silvia. Emocionada todavía, Verónica resalta: “Ella es realmente la que puso todo lo que había que poner para prepararse y lograrlo”. Silvia agrega: “No me gusta tejer, ni bordar, no me gusta nada de eso; lo único por lo que siento pasión es por ese tipo de aventuras y la naturaleza, ojalá Dios me dé salud para seguir haciéndolo”.
En cuanto al descenso, coinciden de que se les hizo más pesado. Contaron que la bajada se hace en diagonal. “Es mucho más técnico porque vas clavando el talón, la punta del pie hacia arriba y tenés que dejar que se deslice un poco y con los bastones vas coordinando el paso”, detallaron. Verónica cuenta: “Yo me caí incontables veces, incluso una vez empecé a patinar y no hice ningún esfuerzo por detenerme ─no sé si me afectó la altura─, el guía se tiró de cabeza y me agarró, yo quedé asombrada, porque no pensé que me estaba cayendo tanto. Porque agarrás velocidad y te terminás estrellando contra una piedra”.
─¿El descenso tiene el mismo nivel de peligro que el ascenso?
─Para bajar no tenés el precipicio ahí, porque bajás por el medio de la montaña, pero la diferencia es que si vos patinás en la nive, te deslizás y te vas.
─El cansancio en el cuerpo se empezaba a notar…
─Te vas cayendo y aparecen moretones de todos los colores. Son muchas horas con las botas y te salen ampollas, porque además el pie te transpira un montón. Las botas son altas y rígidas, los crampones te ajustan, porque tiene que estar ajustado a la bota. Sentís que caminás y no avanzás, porque son seis horas para el ascenso y alrededor de cinco para bajar. Se te empieza a agotar la energía y no te podés quedar porque se te empieza a endurecer el cuerpo, son cinco minutos y es impresionante el frío.
Al regresar a los domos, prepararon nuevamente las mochilas, comieron algo y comienza el descenso hasta el pie del volcán. “Llegamos entre las 21 y 22, son entre 18 y 20 horas de caminata, no sentís más las piernas”, recordaron.
De la llanura y el clima templado a la cima del Lanin con -10°
Silvia, Verónica y Valeria cuentan que sus compañeros de aventura estaban más o menos acostumbrados al clima y al territorio, por sus actividades y lugares de residencia. Mientras que ellas, más allá de las excursiones que hicieron previamente, tuvieron que prepararse no sólo físicamente sino también psicológicamente.
“Silvia contaba que se entrenaba en una alcantarilla y todo el mundo decía: ‘¡cómo una alcantarilla! ¡tenés que pasarnos una foto de eso!’”, recordaron las mujeres.
Llegar a la cima también es producto del compañerismo, ya que cada cuatro personas debe ir un guía y si alguien decide abandonar el trayecto, uno de ellos también debe volver. Es decir, que para que se cumplan los requisitos hay otras personas que también tienen que descender. Valeria y Verónica habían decidido que, si alguien tenía que bajar con el guía sería una de ellas, porque “sabían lo que significaba” para Silvia. “Todas entonces pagamos el viaje, todas nos merecíamos subir. Y que ellas digan eso habla de un corazón tan grande, una humanidad, que me quedo con eso”, recordó Silvia emocionada.
─Después de toda esta experiencia, ¿pueden enumerar cinco cosas que le dirían a alguien que quiere escalar el Lanin?
─Que la preparación física y mental van de la mano. Seguir los consejos y llevar todo lo que te piden. Que lo disfruten desde el momento que piensan en hacerlo, que uno puede lograr más cosas de lo que uno cree si confía en uno. Y finalmente, que cuando estás ahí, sentís que hay algo superior.
En este momento de reflexión, las tres acordaron en que “es una experiencia que no se puede expresar en palabras, saca tu esencia, la experiencia te la llevás vos, con las emociones que vivís, más allá del esfuerzo físico, vale la pena”.
Además, remarcaron la importancia de rodearse de personas que te alienten a prepararte y hacerlo. “Rocío (Biendicho) que fue la que armó esto y nos entrenó, Mario (Alba) que también entrenó a Silvia, fueron importantes”, contaron.
“Cuando te encontrás gente buena, como Mario, como Rocío, que te va diciendo, ‘sí, dale, vos podés’, y te va alentando y te va ayudando, eso es humano”, subrayó Silvia. “Nos acompañó mucha gente con energía positiva, que te desean el bien, eso es importante para lograrlo”, resaltó Verónica.



