En una nueva entrega de la columna Actividad física y salud, el profesor Mario Alba nos explica cómo influye la flexibilidad en nuestra vida cotidiana y por qué es tan importante “entrenarla” para sostener la autonomía personal.

En la columna del mes pasado, habíamos dejado un poco relegado el tema de las capacidades físicas para tratar sobre los cuidados a tener en cuenta cuando realizamos actividad física en esta época del año en donde la temperatura y la humedad relativa del ambiente nos pueden jugar una mala pasada.
Entonces ahora, es tiempo de retomar nuestro tema y volver sobre las capacidades físicas y el por qué debemos trabajarlas o “entrenarlas” para mantener y/o mejorar nuestra calidad de vida.
Y de las tres capacidades básicas —fuerza, resistencia y flexibilidad— comenzaremos por la que, en su momento, dijimos, empezaba a deteriorarse apenas nacemos, y es la flexibilidad.
Definimos a la flexibilidad como la capacidad de mover una articulación, o una serie de articulaciones, con fluidez a través de la amplitud de movimiento completa sin causar una lesión.
También podemos decir que la flexibilidad es la capacidad de los músculos de adaptarse, mediante su alargamiento, a distintos grados de movimiento articular. Es una propiedad morfológico-funcional del aparato locomotor.
Para describirla sencillamente y en términos bien entendibles, una persona tiene flexibilidad cuando puede realizar un movimiento con toda la amplitud posible que esa articulación permite, y que va a estar seriamente condicionada por el tipo de articulación y por la capacidad de estiramiento que posean los músculos implicados en ese movimiento. Cómo clasificamos a la flexibilidad, lo dejaremos para otro momento. Lo que nos importa ahora es cómo influye tener mayor o menor flexibilidad en nuestra vida cotidiana.
Decimos que la flexibilidad está condicionada por el tipo de articulación: una articulación con poco grado de movilidad, el tobillo; una articulación con mucho grado de movilidad, el hombro.
También decimos que está condicionada por la capacidad de estiramiento que posean los músculos involucrados en esa articulación y aquí está el problema mayor. A medida que avanzamos en edad (para no decir “envejecemos”) nuestros tendones de inserción (donde el músculo se “pega al hueso”) empiezan a perder hidratación (agua) con el consiguiente acortamiento del mismo y los músculos, que también se deshidratan, por la inactividad empiezan a perder la capacidad que tienen de contraerse y estirarse. A esa combinación, le agregamos falta de movilidad de esa articulación porque los tendones y los músculos están perdiendo poco a poco su capacidad. Y si queremos hacer más nefasta aún esa combinación, tenemos que saber que la articulación se mantiene lubricada (“aceitada”) por un fluido denominado líquido sinovial y que ese líquido sinovial solo se produce cuando movemos la articulación. El combo es perfecto: acortamiento de los tendones de inserción muscular + pérdida de la capacidad de estiramiento del músculo + falta de lubricación de la articulación por ausencia de movimiento = inmovilidad.
Y entonces entramos a girar en el tan temido “círculo vicioso”: como mi articulación no tiene suficiente movilidad, me muevo poco. Como me muevo poco, ese poco que tengo, lo voy perdiendo y me muevo menos. Como me muevo menos, esa articulación sigue perdiendo movilidad y flexibilidad y me muevo menos aún. Y así en todo el cuerpo y pasamos a ser (siempre hablando de personas sanas o sin grandes problemas de salud) de personas independientes a personas dependientes.
Entonces, mantener y mejorar mi flexibilidad va a permitir que a medida que avance en la edad, pueda ponerme una prenda de vestir sin ayuda, pueda secarme la espalda después de bañarme sin ayuda, pueda atarme los cordones sin ayuda, pueda peinarme sin ayuda, pueda guardar una prenda en el placard sin ayuda, pueda tomar un vaso de la alacena sin ayuda, pueda colgar en el tendedero el toallón con el que me sequé después de bañarme sin ayuda y un montón de cosas más de nuestra vida cotidiana que hacen a nuestra independencia como personas.
No vamos a dar “recetas” de como trabajar la flexibilidad porque en los comienzos de esta columna dijimos que ese no era nuestro objetivo. Sí decir que recurrir a una profe o un profe de Educación Física, a una o un Terapista Ocupacional o a una o un kinesiólogo, nos ayudarán mucho a mejorar esta capacidad física.
Mantener y mejorar nuestra flexibilidad hará que tengamos una vida más independiente, con menos complicaciones a la hora de movernos y muy beneficiosa en términos de salud física, mental y espiritual porque, recuerde: nuestro cuerpo es un todo.
En la próxima entrega, nos dedicaremos a la resistencia.


