En tiempos de inmediatez, ¿qué decir sobre la Salud Mental?

¿Puede alcanzarse un estado de completo bienestar? ¿Puede el ser humano alcanzar la dicha, la felicidad y mantenerla? ¿Cómo enfrentamos los discursos predominantes como “vivir el presente”, “ahora o nunca” y “el tren pasa una vez”? El psicólogo Gustavo Lanfranco nos hace estas preguntas que nos invitan a reflexionar.
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Por Gustavo Lanfranco

En tiempos donde la inmediatez prima, donde conceptos como ansiedad, pánico y depresión se multiplican, donde el imperativo de éxito y felicidad es guía, donde la crueldad comanda discursos, donde la individualidad se pregona, donde las redes sociales (¿o deberíamos llamarlas virtuales?) no contienen, donde las drogas (legales e ilegales) se expanden, hablar de Salud Mental resulta imprescindible.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la Salud Mental como el estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente como un estado de ausencia de afecciones o enfermedades.

Ahora bien, ¿puede alcanzarse un estado de completo bienestar?

Freud postula en su libro de 1930 “El malestar en la cultura” lo siguiente: “¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla”.

Retomando nuestra pregunta y sumando lo propuesto por Freud, ¿puede el ser humano alcanzar la dicha, la felicidad y mantenerla?

El psicoanálisis plantea que el sujeto está constituido por instancias psíquicas en permanente conflicto: el Yo, el Ello y el Superyó. El Yo es una organización coherente, de él depende la consciencia y es quien comanda las represiones; el Ello no es organización sino más bien un cúmulo de pulsiones que pujan insistentemente por su satisfacción; el Superyó es una instancia crítica diferenciada dentro del Yo que mantiene un vínculo débil con la consciencia, es la voz que cuestiona y critica al Yo.

El Yo sufre los embates del Ello, del Superyó y del mundo exterior. Como organización fronteriza, quiere mediar entre el mundo y el Ello, hacer que el Ello obedezca al mundo (que espere o abandone la satisfacción de sus pulsiones), hacer que el mundo haga justicia al deseo del Ello (que le provea los objetos para la satisfacción) y, a su vez, padece la presión del Superyó y sus mandatos. A su modo, el Yo intenta construir cierta organización que le permita alguna estabilidad ante dichos embates, pero esto no es algo absoluto sino más bien dinámico. Las instancias psíquicas van a reclamarle satisfacciones al Yo que él no puede permitir por contradictorias a su organización, le generarían displacer y por lo tanto debe poner a funcionar mecanismos de defensa para apartar de la consciencia dichas demandas. Un ejemplo de este conflicto es cuando algunas fantasías o sueños entran en contradicción con lo que pensamos de nosotros mismos, con nuestra identidad, por eso las desechamos rápidamente de nuestra consciencia (no por eso dejan de insistir desde el inconsciente, esos deseos siguen ahí). De esta manera podemos notar que el conflicto es inherente al ser humano.

La sociedad actual, con su consecuente caída de los grandes relatos modernos, el debilitamiento de sus instituciones y la dificultad de construir proyectos de vida posibles, reclama un individuo autónomo, autosuficiente, empresario de sí mismo, exitoso, útil y feliz. Él, y nadie más que él, es el responsable de su destino y del alcance de su felicidad y metas.

En la sociedad de la inmediatez las conductas son infantiles, regidas por el capricho y la imposibilidad de la espera, avaladas por discursos como: “hay que vivir el presente”; “es ahora o nunca”; “el tren pasa una sola vez”. Así encontramos sujetos ansiosos, ensimismados, conectados pero incomunicados, aislados, deprimidos, empujados a la búsqueda de experiencias constantes que les permitan alcanzar placer (¿goce?) pero que no generan lazos con proyectos de vida sostenibles, sino que quedan envueltos en un presente continuo que los devuelve a una tensión insoportable.

Dice Hornstein en su libro “Ser analista hoy”: “Historizar la repetición es hacer de la repetición un recuerdo. Recordar desactualiza el pasado al temporalizarlo. Convertir la historia en pasado permite un futuro que no será pura repetición, sino que aportará la diferencia”.

El análisis consiste en poner a trabajar esa repetición, esa insistencia, recordar, historizar, poner en palabras algo que es del orden de la compulsión, reelaborar. Quizás de ese modo se pueda hacer otra cosa con eso que nos determina, con ese deseo inconsciente insaciable, que insiste por su satisfacción, que no es lo mismo que intentar resolver ese conflicto constitutivo, conseguir la satisfacción total, hacer del Yo una instancia completa, absoluta, en un equilibrio constante. Quizás, sólo quizás de esa manera encontremos felicidad, aunque sea de manera momentánea y vuelva a relanzarse.

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