Los tres ocho y el origen del Día Internacional de los Trabajadores

Desde la organización de la primera manifestación internacional en 1890 por el reclamo de la jornada laboral de ocho horas, los trabajadores del mundo entero no han cesado de reafirmar cada Primero de Mayo sus demandas y sus esperanzas de justicia.

La conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores ha quedado ligada a la memoria de los mártires de Chicago. El 1° de mayo de 1886, el movimiento obrero norteamericano lanzó la huelga general para instaurar los tres ochos: ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de ocio e instrucción. Durante los días subsiguientes, las fuerzas armadas estatales y privadas reprimieron las manifestaciones organizadas en Chicago, asesinando a varios trabajadores. La indignación obrera se tradujo en una nueva y masiva convocatoria en la Plaza de Haymarket, el 4 de mayo. Esta vez, la represión fue repelida por una bomba casera y anónima que terminó con la vida de un efectivo policial, mientras que la inmediata y brutal represalia dejó decenas de muertos y centenares de heridos en las filas proletarias. Como consecuencia, en un proceso judicial infame, cinco militantes anarquistas fueron condenados a muerte y tres a prisión por un hecho que no habían cometido, como lo habría de reconocer en 1893 el propio gobernador de Illinois al liberar a los sobrevivientes.

La evocación se completa con el Congreso Internacional Socialista reunido en París en 1889, que decidió organizar una manifestación a nivel mundial el 1° de mayo de 1890 para reclamar a los poderes públicos la reducción legal a ocho horas de la jornada laboral. La resolución del Congreso ha sido usualmente interpretada como un homenaje a los mártires de Chicago, aunque ésta no los mencionaba, sino que se limitaba a secundar la decisión de la American Federation of Labor de inaugurar en los Estados Unidos la jornada laboral de ocho horas desde el 1° de mayo de 1890.

Mientras la gradual construcción y generalización de este relato heroico ilumina el sacrificio militante y los orígenes combativos del 1° de mayo, termina dejando en las sombras el creciente proceso de internacionalización que vivía el movimiento obrero de la época. Así también, el esfuerzo que venían realizando desde mediados de la década de 1860 miles de militantes y dirigentes de escasos recursos, y de las más variadas procedencias e ideas, para edificar programas y solidaridades que potenciaran las acciones colectivas. Naturaliza, por último, la afirmación del ideal de los tres ochos que hubo de galvanizar la voluntad de pelea de las masas obreras a lo largo del siglo XIX y más allá. Al fin y al cabo, la historia del 1ro de mayo no se circunscribe al pasado, ni es el recuerdo de ese pasado lo que lo ha mantenido vivo hasta el presente, sino la capacidad de generaciones y generaciones de trabajadores de renovar sus sentidos, ligándolos a la lucha permanente por la justicia y por una vida libre de opresión y explotación.

Ocho horas de sueño, ocho de trabajo, ocho de ocio

El nacimiento de la gran industria capitalista a finales del siglo XVIII prolongó hasta sus límites físicos las ya extensas jornadas laborales de la época, poniendo la disputa por el tiempo de trabajo en el centro de la lucha de clases hasta entrado el siglo XX.

Imágen de la primera bandera de la lucha por las 8 horas usada en Victoria, Australia, 16 de abril de 1856. Esta demanda en las colonias británicas australianas durante la década de 1850 fue el legado directo del Cartismo, un movimiento popular en el que confluyeron demócratas radicales, socialistas, sindicalistas y cooperativista, que durante las décadas de 1830 y 1840, batallaron intensamente por reformas políticas, económicas y sociales en Inglaterra. Los obreros de la construcción australianos se encuentran entre los primeros en conquistar la jornada laboral de 8 horas mediante el recurso de la huelga en el año 1856.

El anhelo de reducir la jornada laboral posee una larga historia. Desde Tomás Moro (1516) reaparece una y otra vez en los utopistas y reformadores sociales; se expresa en antiguas (y exóticas) piezas legislativas, como las que fijaron en ocho horas el trabajo en las minas del condado de Borgoña en el siglo XVI o en el ducado de Lorena, a principios del XVIII; y se transforma durante el siglo XIX en bandera de la resistencia obrera frente a la rapacidad del capital que había impuesto en las fábricas jornadas laborales de entre 12 y 18 horas diarias, y, en ocasiones extremas, aun de más, para los trabajadorxs y los niños que por entonces poblaban los lugares de trabajo.

Los movimientos obreros en formación de Inglaterra, Francia y Estados Unidos fueron los pioneros. Con éxito dispar, recurrieron tanto a la acción directa sectorial (carpinteros, sastres, encuadernadores, hilanderos, mecánicos, y un larguísimo etcétera) como a peticiones legislativas. En Inglaterra, por ejemplo, tras años de luchas del movimiento cartista y de los sindicatos, en 1847 se fijó legalmente la jornada laboral en 10 horas. En Francia, la revolución de febrero de 1848 la reduciría a 10 horas en París y a 11 en el resto del país. En Estados Unidos, se había consolidado durante la década de 1830 el movimiento por las 10 horas, éxito que conquistará mediante la acción directa en varias industrias, y que habrá de obtener legalmente para los niños en 1842. En Inglaterra, por su parte, las leyes sobre trabajo infantil se remontan a finales del siglo XVIII, continuando durante la primera mitad del siglo XIX: en 1819 la ley fijó en 12 horas la jornada máxima desde los 9 años en las fábricas de algodón y de la lana; en 1833, en 9 horas diarias y 48 semanales entre los 9 y 16 años; y en 1844 se reduce a 7 horas para los menores de 13 años y en 12 para las mujeres mayores de 18. En adelante, la legislación laboral tenderá en Inglaterra, y en el mundo, a agrupar a niños, jóvenes y mujeres, distinguiéndolos de los varones adultos.

Habrá de pasar mucho tiempo para que las 8 horas se transformen en la bandera de lucha internacional del proletariado. Un año clave en esta historia es 1866. En el mes de septiembre, el Congreso Obrero Internacional de Ginebra, Suiza, adoptó una resolución que proponía 8 horas como límite legal de la jornada laboral. Un mes antes, idéntica resolución había sido tomada por el Congreso Nacional del Trabajo de Baltimore, dando lugar a la formación de las Ligas por las 48 horas en todo Estados Unidos. Un año más tarde, Carlos Marx destacaría la importancia de estas resoluciones en el capítulo 8 de El Capital: “La Jornada Laboral”.

En las dos décadas siguientes, la consigna de las 8 horas arraigó definitivamente en el movimiento obrero internacional y en sus expresiones locales. En 1889, la resolución de la Segunda Internacional de convocar a una manifestación internacional el 1° de mayo condensó esta larga historia de lucha proletaria.

Los ecos locales de un grito internacional

Con mítines en Buenos Aires y en otras ciudades convocados por organizaciones obreras y grupos socialistas y anarquistas, la clase trabajadora argentina se sumaba en 1890 a la acción internacional por la jornada de 8 horas y por las múltiples reivindicaciones de los trabajadores y trabajadoras de estas tierras.

El Primero de Mayo de 1890, enfrentando la persecución policial y las amenazas de despido, unos tres mil trabajadores se reunieron en el Prado Español (la Recoleta) a escuchar discursos que —mostrando la diversidad de orígenes de la clase obrera argentina— se pronunciaron en castellano, italiano, alemán y francés. El primer orador fue José Winiger, presidente de la comisión organizadora.

La ocasión sirvió también para hacer público un Manifiesto que denunciaba la sobreexplotación —agravada por la crisis estallada ese mismo año— y llamaba a la “fraternidad internacional” y a la lucha por la “emancipación social”. Reclamaba, entre otros puntos, la jornada máxima de 8 horas, la prohibición del trabajo infantil, protecciones para la mujer obrera, descanso dominical y mejores condiciones laborales. Además de aprobar dicho pliego, que había juntado ocho mil firmas, la asamblea resolvió crear una federación obrera y publicar un periódico. Hubo también manifestaciones en otras ciudades, como Rosario, Bahía Blanca y Chivilcoy. De este modo, y contradiciendo el discurso dominante de la época, el hecho ponía en evidencia sobre qué hombros se asentaba la opulencia de la Argentina agroexportadora y el régimen oligárquico: una clase obrera sobreexplotada, con jornadas que superaban las 10 o 12 horas, salarios que apenas alcanzaban, hacinada en los conventillos, sin legislación laboral protectora y marginada de la política.

La llegada de inmigrantes europeos con experiencia militante había permitido el temprano enlace del naciente movimiento obrero local con las redes obreras internacionales, trayendo también los debates entre socialistas y anarquistas. La iniciativa de realizar una acción el Primero de Mayo de 1890 había partido de los socialistas alemanes del Club Vorwärts (Adelante), quienes cumplían con el llamamiento realizado por el Congreso de París de la Segunda Internacional (en el cual había participado el argentino Alejo Peyret), impulsando una movilización pacífica que incluyera la presentación de un pliego de reivindicaciones mínimas al Congreso Nacional. Los anarquistas, por su parte, aceptarían participar del acto, pero remarcando su carácter confrontativo y la inutilidad de cualquier petición al Estado. De este modo, la disputa de sentidos que atravesará en adelante a esta fecha tendría ya una primera expresión en esta jornada inicial.

La manifestación local del 1° de mayo de 1890 significó un salto en la organización obrera en la Argentina: en las difíciles condiciones de la época, trabajadores de distintos orígenes e ideas lograron realizar una acción política unitaria que ponía sobre la mesa su situación y sus reclamos. Así, la incipiente clase obrera argentina se incorporaba a la lucha del proletariado internacional.

Manifiesto del Primero de Mayo.

Con información de Historia Obrera.

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